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sábado, 16 de mayo de 2015

Cartas para un amigo desconocido...



Como lo había prometido, aquí les traigo el primer relato de mi Antología que se titula, Noches de deseos y pasión. Disfrútenlo. 
















Irene.



Última carta



Fecha: 23 de abril del 2014.
Asunto: sentimientos que no puedo callar.


Mi querido amigo desconocido. Ya ha pasado más de un año que comenzamos esta amistad por medio de cartas, —para serte sincera has sido un magnifico amigo todo éste tiempo—. No, que digo un amigo, la verdad es que hacía ya mucho tiempo que yo ya no te veo como un amigo. Para mí te has convertido en alguien muy importante.
Tus palabras han sido tan especiales a través de este año, que me atrevo al fin, decirte mis sentimientos que he mantenido oculto en lo profundo de mi corazón. Ahora me dirijo a ti, no como una amiga, sino más bien como una enamorada. Sí, estoy enamorada de ti, —a pesar de que ni siquiera te conozco— pero la vida nos da muchas sorpresas, y ahora mismo estoy tan enamorada de ti, como el olor de las flores que se impregnan en las fosas nasales, dejando un rastro de un olor dulce y delicioso.
Tal vez esta carta te cause una impresión que nunca esperaste, pero ya no puedo seguir ocultándote mis sentimientos, ahora que sé que tu noviazgo con Lucia tuvo su fin y, que no hay nadie en tu vida amorosa, fue que me atreví a desvelarte mis sentimientos. Te pido, que si tú, sientes lo mismo que yo, me lo confieses por medio de una de tus cartas, esas cartas que me enamoraron sin siquiera saberlo.
Espero con ansias tu respuesta, por favor no tardes en responder, ya que mi ansiedad me puede volver loca.
Tuya. La señorita Dulce.

Ya habían pasado dos semanas desde que le había enviado esa carta. Y él ni siquiera me respondió. Tal vez no debí haber mencionado mis sentimientos hacia él. Pero qué más podía hacer, ya no podía luchar con lo que sentía, ya no quería seguir callando, y si lo hacía, mi corazón iba a explotar. En lo único que he pensado todo éste tiempo ha sido en él, aunque no lo conozca personalmente, ni tenga una fotografía para saber cómo es. Tampoco sé su nombre.
Sólo lo conozco por amigo desconocido y él a mí por la señorita dulce. Pero a pasar de eso, nos conocemos el uno al otro muy bien, siempre fui sincera al contarle sobre mi vida, y él también hizo lo mismo. Sobre todo. Su relación caótica con su ex novia Lucia, ella era una mujer muy manipuladora e histérica que siempre se la pasaba discutiendo con él. Pero, tan sólo me bastó leer sus lindas palabras en cada una de sus cartas para quedar absolutamente enamorada de mi amigo desconocido.
Cuando comenzamos a escribirnos por primera vez, fue a través de mi blog de recetas de cocina, pero no piensen que soy una chef. Al contrario, tengo una florería ―Le Fleur du le amour―. Ese es el nombre de mi florería. La cocina es sólo un pasatiempo.
Mi amigo desconocido era seguidor de mi blog, después de un tiempo nos dimos nuestros corres electrónicos personales y tuvimos una linda conversación por emails durante unas tres  semanas. Pero luego le comenté que siempre había deseado escribir cartas a mano y enviarlas por correo, pero la costumbre se había perdido con el tiempo.
Así que desde entonces decidimos que sería mucho mejor escribir cartas a mano; cada semana llegaban dos cartas que recibía con mucha alegría. Ya hacia un año que su primera carta llegó a mí con una ortografía muy linda, y así fue como me fui enamorando de mi amigo desconocido, por medio de sus dulces palabras y su hermosa ortografía.
Pero desde hace dos semanas que no recibo alguna, la primera semana que pasó, me preocupé. ¿Estará enfermo y por eso no me ha respondido? O pero aún ¿Le habrá sucedido algún accidente y estará inconsciente en algún hospital? Esas fueron las preguntas que me invadían todos los días de la primera semana, pero cuando llegó la segunda semana, ya no me hice ninguna pregunta.
Porque me llegó un email de él disculpándose por no haberme respondido a mi carta. Fue eso, un email, y no una carta. Y entonces lo supe. Fui rechazada. Y ya no recibiría otra carta. Suspiré de nuevo con la decepción que me rondaba desde que leí el email, y decidí que no volvería a pensar en ello y deprimirme. Terminé de arreglar el último arreglo floral para la fiesta del aniversario de bodas de los señores Palmer, hoy ellos cumplían cuarenta años de casados.
Ya quisiera yo cumplir cuarenta años de matrimonio con mi ser amado, pero la suerte nunca ha estado conmigo cuando de hombres se trata. En fin, ya nadie sabrá sobre eso. Subí el último arreglo de flores a la camioneta, cerré muy bien la tienda antes de irme, el señor John pasó junto a mí y me deseó buena suerte con la entrega, le sonreí y le agradecí por ello.
Suspiré mirando al cielo que me recordaba a mantenerme firme y seguir con mi vida, sola, al menos hasta que alguien aparezca y borre toda soledad de mi corazón.
Caminé hacia la camioneta subí a ella y me puse en marcha.



Cameron.


Suspiré y estiré mi cuerpo un poco entumecido debido a las siete horas de vuelo que hice desde Los Ángeles hasta Paris. Ciertamente odio viajar tanto, por eso no me gusta salir del país, odio esas horas largas e interminables. Pero tenía que hacerlo, hace dos semanas recibí una carta en la que no he podido dejar de pensar, y en la que, sigo pensando en estos momentos.
Quien la escribió, tuvo el valor para hacerlo, el valor que yo no tuve para escribir unos sentimientos tan puros tal y como lo hizo ella.
Debido a esa carta es que estoy aquí, en Paris, para confesarle mis sentimientos en persona. La señorita Dulce, merece que sus sentimientos sean correspondidos, no por medio de una carta, sino en persona.
Hubiese estado aquí antes, pero, a causa de la tormenta de nieve que cayó en Los Ángeles hace dos semanas todos los vuelos fueron suspendidos, y nadie podía salir del país. Pero ahora ya estoy aquí, y no me iré hasta que ella sepa que sus sentimientos, son también los míos. Cuando salí del aeropuerto busque un taxi que me llevara a la ciudad.
—  Bonjour. Ou je le prends? —habló el conductor del taxi, un hombre ya mayor.
— Amm, lo siento, no entiendo —dije acomodándome en el asiento del pasajero.
— Oh, es un norteamericano —exclamó sonriendo, yo asentí con la cabeza.
— ¿Usted habla mi idioma?
— Sí, ¿y adónde lo llevo? —dijo mirándome por el retrovisor.
— A la ciudad, a la calle ST – Antoine, por favor.
— Muy bien —se puso en marcha y luego de unos momentos en silencio dijo— ¿Es su primera vez en Paris?
— Sí.
— ¿Viene de viaje o por negocios? —siguió preguntando, no soy muy hablador con personas que no conozco, pero no podía negarme a responder sus preguntas.
— De viaje. Vengo a ver a alguien.
— Ah, ¿alguna amiga o novia?
— De hecho no la conozco —no sé porque le dije eso, pero de todas maneras mi ánimo comenzó a aumentar—. Nos hemos escrito cartas por un tiempo, y está será la primera vez que nos veamos.
— ¿Debe de estar muy emocionado por ello? —me mostró de nuevo su sonrisa por el retrovisor.
— Sí, la verdad sí —asentí con la cabeza y sonreí.
— El amor da muchas sorpresas, ¿cierto? —Suspiró y luego continuó— cuando era joven yo me enamoré de la mujer más hermosa que mis ojos habían visto a la edad de quince años.
»Ella ya era una mujer mayor, era dueña de una pastelería, pero nunca le dije mis sentimientos en persona.
Le enviaba cartas, confesándole que ella era la mujer de mi vida. Todos los días recibía una carta mía. Yo siempre me quedaba cerca para ver la expresión de su rostro cuando las leía, siempre sonría y se ruborizaba con ellas. Seguía enviándole esas cartas alrededor de dos años.
— ¿En cerio? ¿Y qué pasó después? —pregunté. Repentinamente su historia me había llamado la atención.
— Bueno, tenía diecisiete años cuando por fin tomé la decisión de confesarle que yo era el dueño de esas cartas, ella me conocía, ya que yo iba a su tienda a comprar pastelitos o galletas. Cuando se lo confesé… lloró. Y luego después de unos minutos de llorar sin decir nada, me miró y me dijo: mon cher, yo también te he amado siempre, pero la diferencia de edad me ha mantenido alejada de ti.
— Wow, entonces, ¿tuvieron que esperar hasta su mayoría de edad para estar juntos? —comenté con mucho interés.
— Faltaba un año para mi mayoría de edad, así que decidimos estar juntos a escondidas, hasta que ya no fuera peligroso para ambos —sus ojos brillaron con picardía, y no hizo falta que hablara más para saber, así que concluyó— y hasta el día de hoy, seguimos juntos.
— Es una historia conmovedora —dije. Él me sonrió y luego el resto del trayecto lo seguimos en silencio. En cuanto llegamos a mi destino pagué el taxi y me despedí del amable conductor.

Cuando bajé del taxi y tomé mi maleta revisé la dirección de la señorita Dulce, la dirección me enviaba a una florería.
Por supuesto que ya sabía que la vivienda de ella era el segundo piso del local de su negocio. Cuando estuve frente a la puerta de la florería  ―Le Fleur du le amour me encontré con que estaba cerrada. Miré la hora de mi reloj de mano y no eran más de las tres y media de la tarde, suspiré con decepción, porque creí que le daría una sorpresa cuando me presentara frente a ella y le confesara quien era.
Miré alrededor para encontrar un café donde esperar hasta que ella llegara, vi uno del otro lado de la calle dos locales más debajo de la florería. Tomé mi maleta y me dirigí hacia la cafetería. Cuando entré al local tomé una mesa vacía al lado de la ventana en forma de arco, la vista me mostraba la florería de la señorita Dulce así que podría verla cuando llegue.
La camarera se me acercó y me habló en francés, arrugué le ceño, si hubiera tomado clases de francés cuando debía no estaría con estos problemas de incomodidad. Levanté la vista a la camarera, que por cierto era muy bonita, le sonreí y ella me sonrió también y luego le dije que no hablaba francés.
— ¿Es un norteamericano? —preguntó con el acento muy marcado.
— Así es. ¿Habla muy bien mi idioma?
— Pues sí, vienen muchos turistas por acá, así que tenía que aprender el idioma.
— Es un alivio, —sonreí de nuevo y luego le pedí una taza de café negro y unas galletas con chispas de chocolate. Ella anotó el pedido y dio media vuelta para traerme mi orden. Después de unos minutos ella colocó lo que le ordené en la mesa y con una sonrisa me dijo.
— ¿Algo más? —su sonrisa era muy linda.
— No. —Miré su gafete para saber su nombre y poder hablarle con más confianza—. Aurélie, ¿cierto? ¿Podría preguntarle algo?
— Por supuesto.
— ¿Conoce usted a la señorita de la florería que está aquí enfrente —señalé a la florería.
— Oh, Irene, por supuesto que la conozco —me acomodé en mi silla con emoción, al fin sabía su nombre. Irene. Era un lindo nombre.
— ¿Y, ya hace mucho que la tienda está cerrada?
— Lleva un par de horas cerrada, ella tenía una entrega que hacer, creo que dijo que estaría de regreso como a las seis.
— Oh, ya veo.
— ¿Usted la conoce?
— Bueno, de hecho, ésta será la primera vez que la vea ―ella arrugó él entre cejo y yo continué para darle una mejor explicación―. Nos hemos escrito cartas.
— ¡Mon diu! Es usted Monsieur amigo desconocido. —me pregunta un poco emocionada.
― Sí, supongo que ya ha oído de mí ―comenté curvando mis labios en una sonrisa.
― Por supuesto, Irene se emociona mucho cuando recibe sus cartas.
― ¿Ustedes se llevaban muy bien?
― Sí, estudiamos juntas en la misma escuela y fuimos compañeras en la misma aula. Somos muy amigas. Pero… ―se detuvo, y esperé a que continuara y cuando no lo hizo pregunté.
― Pero. ¿Qué?
― Bueno, usted ya no respondió a su última carta, hace dos semanas ―frunció el ceño mientras se cruzaba de brazos y me miraba con reproche.
― Ah, sí. Pero hay una explicación.
― Espero que sea buena. Porque ella estaba muy decepcionada. Ya que en su anterior carta ella había confesado… ciertas cosas.
― Lo sé. Y por eso estoy aquí, no sabía cómo responder a su carta porque era algo que no podía hacer por escrito, tenía que decirle mi respuesta en persona.
― Mon diu ―dijo cubriendo se los labios con su mano― ¿Usted ha venido a?
― A responder su carta ―dije con confianza. Aurélie sonrió y asintió con la cabeza, se retiró para seguir atendiendo a otros clientes  y debes en cuando me miraba y sonreía, de seguro estará imaginando la reacción que Irene tendrá cuando sepa quién soy.
Las tres horas faltantes fueron muy largas para mí, y cuando observé una furgoneta estacionar frente la florería y una mujer rubia muy atractiva salió de ésta supe de inmediato que era Irene.
Aurélie se acercó a mí con una sonrisa y me confirmó lo que ya sabía. Me puse de pie y cancele mi cuenta y me puse en marcha, listo para por fin presentarme ante La señorita Dulce. Cuando llegué hasta ella la salude tratando de que mi voz no sonara muy nerviosa. Ella estaba abriendo la puerta de su local, cuando escuchó mi voz se giró para verme.
― Buenas tardes ―dijo en mi idioma con el asentó marcado―. Lo siento, pero ya está cerrado.
― Ah, no descuide, no he venido a comprar flores ―aclaré.
― Entonces, ¿en qué puedo ayudarle?
― He venido a responder… una carta ―ella me miró sin entenderme, pero luego de unos segundo observándome con extrañes, su rostro mostró sorpresa.



Irene.

 Cuando él se me acerco creí que era un turista en busca de flores, pero cuando me dijo que estaba aquí para responder a una carta, no comprendía a lo que se refería. Y luego de unos segundos lo entendí.
Mis ojos ahora combatían con las lágrimas que querían salir. Mi amigo desconocido estaba frente a mí. Mi corazón comenzó a latir frenéticamente queriendo salir de mi pecho, y mi respiración comenzó a agitarse. ¡Dios! Él está aquí, frente a mí.
Miré fijamente su rostro, su cabello negro estaba un poco revuelto y sus ojos verdes, Dios, esos ojos eran reales, y me estaban mirando fijamente. Llevaba un suéter de cuello de tortuga color verde y eso hacía que sus ojos resaltaran más, pero aun así su cuerpo musculoso se notaba perfectamente sobre éste.
― Sé que te sentiste decepcionada al no recibir respuesta de mí durante las últimas dos semanas ―dijo, su voz era muy masculina y linda― pero algo así, no sé puede responder por medio de una carta.
― Por supuesto ―aún no podía creer que él estuviera frente a mí.
―Lamentablemente no pude estar aquí antes, debido a la ventisca de nieve que atacó a Los Ángeles las últimas dos semanas. No había ninguna manera de que algún vuelo despegara.
― Ya veo ―dije aún con la impresión en mi rostro y voz. No podía decir más de dos palabras, ¡Mon diu, Irene!
Tienes que tranquilizarte y decir más que solo dos palabras. Me aclaré la garganta y dije― me alegra de que al final pudieras viajar.
Él asintió con la cabeza y sonrió ampliamente y, luego dijo.
― Cuando leí tu carta, me sorprendió mucho. Porque yo también he estado enamorado de ti desde hace mucho tiempo.
Cubrí mi boca con mis manos temblorosas, esto en realidad está pasando. Mi amigo desconocido estaba justo frente a mí y me acaba de decir que también está enamorado de mí. Las lágrimas picaban en mis ojos amenazando con querer salir, y por más que intenté retenerlas fue imposible, las cálidas gotas de lágrimas recorrían mis mejillas.
Él caminó hacia a mí, colocó sus manos sobre las mías y las apartó dejando al descubierto mis labios, que no dejaban de temblar por la emoción que sentía. Acercó sus labios hacia mis manos y les dio un casto beso en los nudillos.
― Nunca te confesé mis sentimientos por miedo a que me rechazaras ―dijo en voz baja.
― Nunca haría algo tan cruel ―dije intentado de que mi voz no sonara tan temblorosa como mi cuerpo expresaba en esos momentos.
― Estás temblando ―comentó.
― Sí… creo que beberíamos entrar  ―dije señalando hacia la puerta de mi local.
― Por supuesto ―asintió con la cabeza.
Me giré hacia la puerta y coloqué la llave en la cerradura, cuando abrí, entré de inmediato y encendí las luces. Mi amigo desconocido entró segundos después y cerró la puerta detrás de sí, y entonces pude observar que él cargaba consigo su equipaje. Respiré profundamente tres bocanadas de aire para tranquilizarme y después de diez segundos lo logré.
― Aquí podemos hablar con más tranquilidad, Chéri ―musité y sonreí.
― Sí, ―miró a alrededor observando las flores con cariño― el lugar es igual a como lo describiste en las cartas ―caminé hacia él y me quedé a su lado observando. Entonces él se giró y me miró a los ojos― y eres igual a como te describes en ellas.
― Tú también lo eres.
Me miró por unos segundos más y luego me besó, tierna y dulcemente. Sus labios se sentían tan suaves y cálidos, este momento será almacenado dentro de mis recuerdos más hermosos. Mi amigo desconocido había hecho un largo viaje sólo para responder a la carta que le había enviado hacía ya dos semanas. Jamás olvidaré su confesión, la forma en cómo sus palabras fueron pronunciadas.
Ahora ya no tenía que estar deprimida por su rechazo, él me ha correspondido, mis sentimientos ahora desbordaran dentro de mí con toda la libertada que siempre han querido.
― ¿Podrías perdonar mi retraso, Irene? ―dijo cuando se separó de mis labios lo suficiente para hacer la pregunta.
Abrí los ojos cuando escuché mi nombre siendo pronunciado por sus labios.
― ¿Cómo sabes mi nombre? ―pregunté.
― La camarera que trabaja en el café de enfrente me lo dijo ―respondió.
― ¿Aurélie?
― Sí, ella misma. ―acarició mi mejilla izquierda con su mano.
― Es bueno que sepas mi nombre, pero yo aún no sé el tuyo.
― Me llamo Cameron, señorita Dulce ―masculló.
― Encantada de conocerlo al fin, señor Cameron.
― Lo mismo digo, Irene.
― Y respondiendo a tú pregunta anterior. Sí, perdono tu retraso ―y entonces esta vez lo besé yo.
Me envolvió en sus brazos y yo en los míos.
Me separé de él y tomé su mano entre la mía, lo guié hasta las escaleras para que subiéramos a la segunda planta, mi pequeño apartamento estaba justo arriba de mi negocio, y eso me encanta.

Cuando llegamos a mi habitación ambos nos besamos de nuevo. Cada latido podía sentirse a través de nuestros cuerpos, lo deseaba y él a mí. Podía sentirlo.
Envolvió sus manos alrededor de mi cintura elevándome lo suficiente para que yo enrollara mis piernas sobre su cintura y me cargó hasta llegar a la cama, me colocó con cuidado en esta y luego se colocó sobre mí, sin dejar de besarnos.
Mi cuerpo estaba ardiendo por él.
Lo necesitaba.
Se separó lo suficiente para poder despojarnos de nuestras ropas, uno desnudando al otro, así podíamos disfrutar del toque del otro. En cuanto estuvimos desnudos, él continuó donde nos habíamos quedado, cada beso y caricia me excitaban más.
― No tienes idea de cuánto esperé por este momento desde que envié la carta ―mascullé sobre sus labios.
― Pues ya no esperarás más ―sonrió dulcemente y luego se introdujo dentro de mí.
Nuestros jadeos estaban sincronizados, en cada envestida yo salía a su encuentro, era asombrosamente y magnifico. Por fin mi amigo desconoció ya no era más un desconocido, nuestros destinos escritos ahora estaban unidos. Y luego sentimos el placer abrazarnos al mismo tiempo, sentí como nos conectamos en el momento del éxtasis.




FIN



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